miércoles, 16 de enero de 2013

Los tiempos cambian que es una barbaridad

Hace unos meses se me ocurrió buscar el nombre de mi pueblo en Facebook. Al no encontrarlo se me ocurrió hacer una página sobre él. Poco a poco la voy llenando de contenido. Es un pueblo pequeño y posiblemente sin grandes historias que contar pero poco a poco voy colgando historias e historietas, fotos y noticias. Y mientras busco información para compartir pienso en lo que ha cambiado la vida en este pueblecito toledano en los 44 años de mi vida.

Fiestas de septiembre

En un pueblo tan pequeño no había médico de lunes a domingo las 24 horas del día. Como mucho, algunos días a la semana y una o dos horas. Tanto es así que cuando mi madre se puso de parto un jueves de dolores de hace ya cuatro décadas, la matrona fue una vecina y el tocólogo fue el "practicante".Dudo mucho que me aplicaran el test de apgar al nacer. Tampoco creo que me colocasen debajo de una lámpara de calor, ni me realizasen una exploración completa más allá de comprobar si respiraba y tenía cinco dedos en cada mano y en cada pié. Estoy segura de que no introdujeron un aspirador de secreciones por mis fosas nasales e imagino que tampoco me medirían. Aunque mi madre dice que pesé unos 3 kilos supongo que la fiabilidad de una "romana" dista mucho de la exactitud de una digital.
 
Romana
 
Por aquella época no había que ir a por agua al caño de la plaza. La mayoría de las casas tenían agua corriente. Pero algunas , entre ellas la de mis abuelos, no disponían de un cuarto de baño completo (bañera o ducha, lavabo, inodoro) y en su lugar se utilizaba un pilón en el patio de la casa, o las socorridas palanganas. Las necesidades más básicas se realizaban en el corral o patio posterior de las casas. Lavábamos la ropa a mano, en la pila del patio, con jabón en pastilla marca "flota".

 
Cuando yo tenía año y medio, mis padres vinieron a vivir a Madrid, donde estas necesidades básicas estaban más que cubiertas. Cada verano, en agosto mi hermano mayor y yo pasabamos al menos un par de semanas con mis abuelos. Después, en septiembre, volvíamos para la vendimia. ¡Qué recuerdos y qué tiempos aquellos!
Recuerdo un verano, yo tendría unos 12 años y mi hermano mayor unos 14. Las aguas residuales pasaban por unas acequias a los lados de la carretera. Como tampoco había aceras, sorteabamos como podíamos la acequia y los escasos coches que pasaban por la carretera que atravesaba el pueblo. Pero una de las veces el pobre introdujo su pie en el agua.....recuerdo su cara de asco mientras el resto de la pandilla, nos retorcíamos entre carcajadas.

 
El pueblo, en verano no tenía más entretenimiento que jugar en la plaza a la muñeca, a la goma, a la cuerda, al tres en burro, al escondite, con las bicicletas, a las canicas, a las chapas, a contar historietas, ver las ovejas pasar...eso sí, cuando se echaba el sol ya que no hace falta decir lo tremendamente caluroso que era el verano en los pueblos de La Mancha (El ciego sol se estrella en las duras aristas de las armas, llaga de luz los petos y espaldares y flamea en las puntas de las lanzas.El ciego sol, la sed y la fatiga, por la terrible estepa castellana. Al destierro, con doce de los suyos, polvo, sudor, hierro, el Cid cabalga.)



Por las noches paseábamos calle arriba y calle abajo, y como mucho nos tomábamos un refresco en uno de los dos bares que había en el pueblo. A pesar del calor no teníamos piscina. Nos conformábamos con chapotear en el pilón del patio. Para hablar con mis padres teníamos que ir, por las noches, a la cabina telefónica de la plaza del pueblo y esperar el turno. O eso, o escribir una carta que tardaría, al menos, tres días en llegar a su destino.
 
En mi pueblo, las calles no tenían nombre. O si lo tenían, nadie identificaba las calles con su nombre oficial. En su lugar...la plazuela, las erillas, las cuatro calles. Todo el mundo sabía dónde vivía cada vecino.

Por la noche, nos sentábamos en un tronco a la puerta de la casa de mi abuela, en la plazuela. Una plaza de tierra y piedras por donde a penas circulaban o se aparcaban coches. Donde todo el mundo que pasaba se decía hola. Donde los vecinos acudían con sus sillas para charlar un rato al fresco.
Con el paso de los años la plaza se fue transformando a la misma velocidad que las instalaciones del pueblo y las comodidades de las casas. Ya es impensable que una casa no tenga aseo, ducha, bañera. Las acequias han sido sustituidas hace ya años por el alcantarillado. Ya hay piscina municipal. Las casas tienen lavadoras. Hay cuatro bares, una tienda, un consultorio local, un restaurante en la plaza del pueblo. Han descubierto una de las almazaras más antiguas de España.
Almazara


Ya no compramos la leche recién ordeñada en la lechería y en el ayuntamiento hay una biblioteca con conexión a internet. Ya no hay cabina en la plaza. ¿Quién no tiene ya teléfono en casa o móvil? Por supuesto, ya no hace falta escribir cartas.
Fiestas de septiembre
 
Pero a pesar de los cambios tan sustanciales que he visto en mi pueblo en estos años hay cosas que no se han modificado a penas. Una de ellas es la Semana Santa. Sus oficios de Jueves Santo, con la representación del lavatorio, de la última cena, del prendimiento de Jesús. El viacrucis de madrugada el viernes Santo que se inicia con el canto de la Sentencia a Jesús por un vecino que representa a Poncio Pilato y continúa con la procesión conocida por todos como "Las caídas" por la escenificación de las tres caídas de Jesús en su camino hacia el Calvario. Y para finalizar, la Vigilia Pascual, que comienza en la calle, encendiendo las velas y el cirio Pascual, que serán las únicas luces que iluminarán la iglesia durante las primeras lecturas.
 
Me alegro de haber vivido tantos cambios en mi pueblo natal pero aún me llena más de satisfacción ver que algunas cosas no cambian. Espero de corazón que no cambien. Soy una fiel defensora de las costumbres y cuento las horas para vivir la Semana Santa en este pequeño pueblecito toledano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario