
Las enfermedades físicas, en nuestra sociedad, son políticamente más correctas y mejor aceptadas por la comunidad que las enfermedades de la mente o del alma. ¿Quién quiere pasar una tarde con un depresivo o con un distímico? Estas personas, sin motivo aparente, suelen estar siempre tristes y realmente no son una buena compañía.
Y he dicho en nuestra sociedad porque en otras culturas consideran que uno puede estar triste o desanimado porque su cuerpo ha sido invadido por un espíritu malo. Por lo tanto y a su manera, lo consideran una enfermedad o una pérdida de salud.


Y es que nuestro estado de ánimo tiene mucho que ver con uno de esos pequeños y microscópicos ladrillos llamados aminoácidos tan necesarios para construir otras sustancias fundamentales para el correcto funcionamiento de nuestro organismo. Uno de estos pequeños ladrillos o aminoácido es el triptófano, que tiene la particularidad de ser considerado como esencial. Esto, traducido al castellano, significa que nuestro cuerpo no lo produce y debemos consumirlo a través de la dieta.
Si no se ingiere en cantidad suficiente, no tendremos suficientes ladrillos para producir sustancias fundamentales para mantener nuestro estado de ánimo arriba: la serotonina y la melatonina, neurotransmisores muy relacionados con nuestro estado de ánimo y con los patrones de sueño-vigilia.
Así que aunque el optimista nace también se hace y el hecho de que haya personas que frente a viento y marea mantienen siempre el estado de ánimo alto mientras otras, aparentemente sin motivo, lo mantienen continuamente bajo depende de nuestro código genético pero también de lo que comemos.
Para mayor INRI, el triptófano es el aminoácido esencial menos abundante en los alimentos de manera que la mayoría de los alimentos proteicos son deficitarios en él. Se encuentra en cantidades aceptables en la carne, el jamón, las anchoas, el queso parmesano, los huevos y las almendras.
También depende de las horas de sol de que disponemos al día y de hecho se sabe que en otoño e invierno aumenta la incidencia de cuadros depresivos. Pero un factor fundamental es también el estrés. Se ha comprobado que el café, las anfetaminas, la fiebre, el hipertiroidismo, el embarazo, la pubertad, el estrés ambiental pueden disminuir los niveles de triptófano en sangre.
Por ultimo, no debemos olvidar los factores genéticos. Algunas personas tienen una subproducción genética de serotonina, agravada por todos los factores mencionados anteriormente.
El déficit de triptófano no sólo puede influir en el estado de ánimo, también puede producir trastornos neurológicos como la ataxia o alteración en la coordinación y se relaciona con la fibromialgia. En nuestro cerebro las principales estructuras serotoninérgicas, los núcleos pálido, oscuro, dorsal y tegmental están relacionados con el control del dolor.
Pero no queda ahí todo. La administración de triptófano se asocia a la reducción del apetito en pacientes deprimidos, elevan el azúcar en sangre, aumentan el aporte de glucosa al cerebro y disminuyen el apetito.
Así que nunca antes había cobrado tanto sentido la famosa sentencia: Somos lo que comemos.
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