jueves, 16 de mayo de 2013

Querida amiga (II): cuaderno de bitácora

Querida Amiga
Hoy he conseguido cita para el endocrino. Todas las que reconocen haber hecho algo para adelgazar te indican la llave que abre todas las puertas.
- Pues yo intenté la dieta del yogur y la de la pizza y la del pomelo, pero nada. El médico de cabecera que lo que tenía que hacer era comer menos y moverme más. Pero, ¿qué se habrá creído? Si yo casi no como. Y no paro de moverme desde que me levanto hasta que me acuesto. Aunque no sé ni como es un gimnasio por dentro…todo hay que decirlo. Así que yo le exigí que me hiciera un volante para el endocrino.
El volante para el endocrino debe ser como la alfombra mágica o como la lámpara maravillosa. Te conduce a la puerta de la pérdida de kilos asombrosamente rápida y sin esfuerzo.
- Fíjate, Manuela engordó con su embarazo casi 25 kilos ¡qué barbaridad! Pero cuando dejó de darle el pecho a María fue al endocrino y se quedó mejor que antes. Está guapísima….
Lo cierto es que ya la primera impresión ha sido mala. No es la primera vez que lo intento y cada vez me veo menos capaz. Pero es que se te quitan las ganas.
- Centro Médico San Lucas, ¿Dígame?
- Si, yo quería cita para el endocrino.
- ¿Qué doctor le atiende?
- No sé, es la primera vez que pido cita. Quizá pueda orientarme. Quiero perder peso.
- Sí, claro! Como todas antes del verano. Hoy a las 19.30 con el doctor Ibáñez.
- ¡Qué rápido! Estupendo. Gracias.
Cuando decidí tener mi primer hijo me hice de una sociedad privada. Yo quería a toda costa la epidural y en la seguridad social, según mis amigas, dependía un poco de la hora a la que acudieses y del que atendiese el parto.
Es curioso, al final mi parto fue totalmente “natural”. Eso sí, al ingresar me pincharon la raspa, no sé muy bien para qué y me dijeron que si me dolía avisase a la matrona para pasarme la perfusión de anestesia. El caso es que para cuando quise avisar la cabecita de mi hija ya estaba casi fuera y no hubo tiempo para anestesias. A Dios gracias, fue un parto rápido y ver su cara me recompensó de los dolores porque todavía me pregunto para qué me hicieron doblarme como una pescadilla de 93 kilos embarazada de 42 semanas con dolores de parto, para dejarme el dichoso catéter en la espalda.
Bueno, gracias a esta sociedad, y sin necesidad de volantes, esta tarde me ve el endocrino. Esta noticia grata me ha hecho perder medio kilo. Aunque bien pensado, sólo he desayunado un vaso de té verde, que tengo entendido que es antioxidante, y a media mañana un café bebido con leche desnatada y sacarina.
Aquí estoy frente a mi armario, estudiando escrupulosamente mi escueto vestuario. Digo escueto porque aunque no hay sitio ni para un alfiler, la mitad, por no decir las dos terceras partes de lo que cuelga de las perchas espera a que pierda al menos siete u ocho kilos que es lo que pesaba de menos hace un año. Así que no tengo mucho para elegir y además tampoco hay mucho que adornar. El espejo del armario me devuelve una imagen que apenas reconozco. En mi cabeza aún me veo esbelta, con 65 kilos, cintura breve y caderas, eso sí, anchas. El hueso de mis caderas ante sobresalía a través de la ropa y ahora yace oculto entre unos cuantos centímetros de grasa. Y pensar que con 30 kilos menos me veía gorda y estaba siempre acomplejada de mis piernas!!!!!.
Eso sí que es dismorfofobia y no lo de ahora. Ya que la fobia no es por un defecto pequeño que mi cabeza exagera sino por un defecto real. Mis braguitas tipo faja no hacen su labor de esconder estos rollizos michelines que ocupan mi anteriormente esbelta cintura. Era lo que más destacaba de mí. Podía ponerme cualquier cinturón, de los que tanto me gustan y que aún conservo no sé muy bien para qué. Mis piernas han ido aumentando tanto el volumen que ya se ha perdido la frontera con la rodilla.
En fin! Tanto rato para nada. Finalmente me pondré lo de todos los días. El pantalón vaquero con la camisa blanca y las botas color crudo.
Impulsivamente voy a la despensa. La abro. Busco la caja de bombones que me regalaron ayer y me como dos…bueno, tres.
Inmediatamente me siento mal por lo que acabo de hacer. Me doy cuenta de que todos mis propósitos por perder peso en estos últimos 7 años han sido infructuosos porque aunque empiece el día con la dieta, en el momento menos esperado un impulso me lleva a la despensa y como impulsivamente lo primero que se me pone al alcance. Me da la sensación de que esta lucha no va a ser fácil. Cierro la caja y la despensa y me voy a cepillar los dientes. Mientras pienso que en realidad no debo quererme mucho y que posiblemente esa sea una de las principales causas de todo este desastre. Mi afán de perfeccionismo, de superación en el mundo profesional, de llegar a conseguir logros importantes hace que me exija mucho, dejando siempre de lado la parte personal y emocional. Que me olvide de que debo tener tiempo para disfrutar de mi familia, de mis amigos, de hacer cosas que me gusten.
Mañana te cuento cómo me ha ido en la consulta.
Con cariño
Tu amiga Sofía
 

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